27 de Abril | Las Bienaventuranzas.

Abierto y gratuito

🗓 Lunes 27 de Abril

⏱ Vía Zoom a las 5:00 pm México; 6:00 pm Colombia; 7:00 pm Venezuela y Chile; 8:00 pm Paraguay, Uruguay y Argentina.

Rabí Yehoshúa ben Levi descubre que Dios llora en secreto. Llora en el lugar interior, oculto, donde nadie lo ve, porque si su dolor fuera público, aplastaría al mundo. Dios esconde sus lágrimas para no destruir con ellas a los que ama. El Mesías, según el Midrash, está sentado a la puerta de Roma, entre los pobres y los heridos, llorando también, no porque haya fracasado, sino porque siente en carne propia el peso de un mundo todavía roto. Esta imagen nos sitúa en el corazón de la Bienaventuranza que vamos a meditar y profundizar: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Se trata de la revelación de que el llanto humano no es ajeno a Dios, sino que Dios mismo lo habita. La compasión no es un atributo secundario de Dios, es su modo de ser en el mundo. Y el consuelo que Jesús anuncia no borra el dolor desde afuera, sino que lo asume desde adentro, lo carga, lo redime. El llanto ya está dentro del movimiento pascual. Por eso esta Bienaventuranza no promete que las lágrimas simplemente cesarán. Promete algo más verdadero: que el llanto no tiene la última palabra.

🗓 Lunes 27 de Abril

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Rabí Yehoshúa ben Levi descubre que Dios llora en secreto. Llora en el lugar interior, oculto, donde nadie lo ve, porque si su dolor fuera público, aplastaría al mundo. Dios esconde sus lágrimas para no destruir con ellas a los que ama. El Mesías, según el Midrash, está sentado a la puerta de Roma, entre los pobres y los heridos, llorando también, no porque haya fracasado, sino porque siente en carne propia el peso de un mundo todavía roto. Esta imagen nos sitúa en el corazón de la Bienaventuranza que vamos a meditar y profundizar: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Se trata de la revelación de que el llanto humano no es ajeno a Dios, sino que Dios mismo lo habita. La compasión no es un atributo secundario de Dios, es su modo de ser en el mundo. Y el consuelo que Jesús anuncia no borra el dolor desde afuera, sino que lo asume desde adentro, lo carga, lo redime. El llanto ya está dentro del movimiento pascual. Por eso esta Bienaventuranza no promete que las lágrimas simplemente cesarán. Promete algo más verdadero: que el llanto no tiene la última palabra.

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